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Amaury

—«¿A qué matarse cuando la muerte viene por sí sola?»
XXXV
Serían las ocho de la mañana cuando José subió a avisar a
Amaury que eldoctor le aguardaba en el salón. Bajó el joven en
seguida, y al verleentrar el padre de Magdalena se adelantó
hacia él con los brazosabiertos, exclamando:
—¡Gracias, hijo mío! Ya confiaba yo en ti y sabía que no me
equivocabaal contar con tu valor.
Amaury respondió a esta lisonja con un triste movimiento de
cabeza, ysonriéndose con amargura se disponía a replicar
cuando entró Antonia,llamada también por su tío.
Reinó en la estancia un silencio que todos parecían temerosos
de romper.El doctor hizo por fin una seña a los dos jóvenes para
que se sentaseny, colocándose entre ambos les dijo con triste y
bondadoso acento:
—Hijos míos, cuando se posee hermosura, juventud y
atractivos, se viveen plena primavera, en perspectiva de un
tiempo mejor; la existencia esopulenta y muy grata. Sólo la
contemplación de los dos seres a quienesmás quiero y en
quienes se cifran todos mis amores de este mundo, hacepenetrar
un rayo de gozo en mi triste corazón lacerado por la pena... Yasé
que soy amado, sé que se me corresponde, pero hay que
perdonarme: nopuedo quedarme aquí; necesito vivir solo.
—¿Qué dice, usted? ¿que nos deja? ¡Oh, tío! ¿Cómo puede ser
eso?Explíquese—exclamó Antoñita.
—Déjame hablar, hija mía—dijo el señor de Avrigny.—Digo
que aquí estála vida representada por Amaury y por ti, y a mí me
 
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