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Amaury

Entonces volvió a sentarse, y se puso a considerar su nueva
posición conánimo sereno. Comprendió que por su parte debía
acudir en ayuda de supropio pesar huyendo del mundo para
abandonarse a su dolor. Para ello notenía, en verdad, que hacer
grandes esfuerzos. Aquella noche había vistoél la sociedad
dominado por la idea de que iba a separarse de ella parasiempre;
pero no haciéndolo así, las frías amistades y los placeres
yconsuelos convencionales y falsos que la sociedad podía
ofrecerle noeran otra cosa que otros tantos suplicios.
Lo importante, lo que urgía, era verse libre de esas
amargascompensaciones que la sociedad ofrece a las penas
vulgares. De ese modopodía absorberse en sus ideas, ver tan
sólo lo pasado, evocarconstantemente el recuerdo de sus
desvanecidas esperanzas y susmarchitas ilusiones, irritando sin
cesar su herida para no dejar que secicatrizara y apresurar así la
mortal curación apetecida.
Y aun prometíase encontrar amargos goces en estas
evocaciones de ladicha perdida, y, contaba con disfrutar cierta
dolorosa voluptuosidad alsoñar su imaginación con aquella
retrospectiva existencia.
Le bastó sacar de su pecho el ramo, ya marchito, que había
lucidoMagdalena en su cintura la fatal noche del baile para que
las lágrimasbrotasen de sus ojos a raudales, y aquel llanto,
derramado después de lafebril irritación que excitaba sus nervios
hacía cuarenta y ocho horas,fue para él tan benéfico como es
para la tierra la lluvia después de uncaluroso día de verano.
A él debió el encontrarse al despuntar la aurora tan
quebrantado y tanrendido que repitió con la misma convicción
que el doctor lo había hechola víspera estas palabras:
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