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Amaury

Llegaron a la iglesia, cuyas naves, coros y capillas,
estabanenteramente adornados con blancas colgaduras. El padre
y el novio fueronlos únicos que entraron en el coro con el
cuerpo de la muerta. Losamigos y los curiosos (si es que puede
establecerse semejantedistinción) fueron a colocarse en las
naves laterales para presenciardesde allí la fúnebre ceremonia.
Esta se celebró con gran pompa, contribuyendo a prestar
relieve al actola circunstancia de que Thalberg, que era amigo
de Amaury y del doctor,había querido encargarse del órgano,
por lo cual, el oficio de difuntosrevestía en aquella ocasión los
caracteres de un gran acontecimientoartístico.
Véase cómo aquellos tres elegantes de la víspera, que tenían
que asistira oír el Otelo en los Bufos, disfrutaban aquel día de
dos conciertosen vez de uno.
Pero, entre aquella muchedumbre que llenaba los ámbitos de
la iglesia,sólo el padre y el novio sintieron penetrar en sus
corazones lasterribles palabras de las plegarias que con lúgubre
armonía se elevabanal Cielo entre nubes de incienso; y,
particularmente el doctor seapropiaba con avidez el sentido de
los versículos más tristes y en elfondo de su alma repetía las
palabras del sacerdote que oficiaba:
«Daré el reposo a los justos—dice el Señor—porque hallaron
gracia amis ojos y les conozco por su nombre.
¡Felices aquellos que mueren en mí, pues descansarán de sus
trabajos yles seguirán sus obras!»
¡Con cuánto fervor exclamaba el pobre padre:—«Señor,
liberta mi vida,porque es muy largo mi destierro. ¡Yo aguardo,
Señor, esa liberación; mialma te desea de igual modo que la
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