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Amaury

En la escalera tropezose Amaury con Antonia, que se dirigía a
su cuartoy tomándole la mano la besó en la frente sonriendo.
Su tranquilidad asustó a la joven, que le siguió con la vista
hasta queél hubo entrado en su aposento.
Amaury metió las pistolas en un cajón de la mesa, cerró éste y
guardosela llave en el bolsillo. Hecho esto se vistió para el
entierro y albajar luego al salón se encontró con el doctor que
había pasado la nochevelando el cuerpo de su hija. El infeliz
padre, al salir del cuarto deMagdalena con los ojos hundidos y el
rostro lívido, como un espectro quesaliera del sepulcro,
retrocedió cegado por el vivo resplandor de la luzdel día.
—Ya van pasadas veinticuatro horas—dijo con ademán
meditabundo.
Y estrechó la mano a Amaury, contemplándole en silencio.
Quizás pensabademasiadas cosas para poder expresarlas.
Sin embargo, el día anterior había dictado sus disposiciones
con unacalma inaudita, con una impasibilidad aterradora. Según
sus órdenes elcuerpo de Magdalena, después de estar expuesto
en una capilla ardiente ala puerta de la casa, debía ser conducido
a San Felipe, en donde almediodía se celebraría el oficio de
difuntos, y de allí seríatransportado a Ville d'Avray.
XXXIII
A las once y media llegaron los coches de luto. En el primero
de ellosentraron Amaury y el doctor que, rompiendo con la
costumbre que nopermite a los padres seguir el cadáver de sus
hijos, quiso formar partedel cortejo fúnebre.
 
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