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Amaury

detalles de su próximofin, sin echar de ver la afectación que
pudiera haber en talespreparativos, sin fijarse en que había otros
modos de morir, quizásmucho más sencillos.
A sus años no podía menos de parecerle grande y a la vez muy
naturaltodo lo que pensaba hacer y buena prueba de ello es que,
persuadido deque ya no había de vivir más que dos días dominó
su pena, y al volver acasa se acostó, y, rendido por tantas y
tantas emociones como el jovenacababa de sufrir, se durmió
tranquilamente.
Despertose a las tres, se vistió con esmero, visitó a sus
amigos,anuncioles su viaje, abrazó a unos, estrechó la mano a
otros, regresó acasa y comió solo (pues no vio en todo el día al
doctor ni a susobrina), aparentando en todos sus actos una calma
tan terrible que loscriados dudaban de que estuviera en su juicio.
A las diez fue a su casa y se puso a redactar su testamento,
dejando lamitad de su fortuna a Antoñita, un legado de cien mil
francos a Felipe,que todos los días había ido a enterarse del
curso de la enfermedad deMagdalena, y distribuyendo el resto
en diferentes mandas.
Después siguió escribiendo su diario, continuándolo hasta
aquel mismoinstante y anunciando en él su propósito de quitarse
la vida, sin perderla tranquilidad, sin la menor emoción, con
pulso firme.
Cuando acabó su tarea eran las ocho de la mañana. Tomó sus
pistolas ydespués de cargarlas con dos balas se las guardó bajo
la levita, montóen su carruaje y fue a casa del doctor. El señor
de Avrigny no habíasalido desde el día anterior de la habitación
de su hija.
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