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Amaury

Antonia, al verse descubierta, lanzó un grito y vertiendo
abundanteslágrimas se acercó a la enferma. Magdalena hizo un
movimiento instintivopara echarse hacia atrás; pero, luego se
rehizo y, dominando aquel malimpulso abrió los brazos para
recibir a su prima que se arrojó en elloscon efusión, quedando
así abrazadas un buen rato hasta que Antoñita sedesprendió y
retrocediendo fue a ocupar el puesto del sacerdote, queacababa
de dejar la habitación.
A despecho de las inquietudes y desazones de aquellos dos
meses y de laprofunda pena de aquel momento, Antonia estaba
más hermosa que nunca;rebosante de vida, parecía destinada a
disfrutar una existenciaprolongada y feliz y podía creerse con
derecho al amor de un corazóntierno y apasionado. Así, podía
sin dificultad interpretarse el primermovimiento de Magdalena
como un impulso de celos revelado también por lainvoluntaria
mirada en que envolvió a la vez a su hermosa prima y a
sudesesperado novio que iba a dejar al lado de ella.
Su padre, para quien nada pasaba inadvertido, se inclinó y le
dijo envoz muy baja:
—Tú misma la has llamado; no ha hecho más que obedecerte.
—Sí, papá, y me alegro mucho de verla.
Y la infeliz moribunda miró a Antonia, sonriéndose con
angélicaresignación.
Amaury no supo ver en aquel ímpetu de Magdalena otra cosa
que unsentimiento de celos, muy natural en un ser ya aniquilado
respecto aotro lleno de vigor y de vida. El mismo, comparando a
la una con laotra, sintió algo parecido (o al menos así lo creyó
él) al sentimientoexperimentado por la hija del doctor, esto es,
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