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Amaury

—¿Quién te querrá como yo te quiero? ¿Quién te comprenderá
como yo hellegado a comprenderte? ¿Quién sabrá someterse
como yo a tu suaveautoridad, amado mío? ¿Quién cifrará como
yo su amor propio y su orgulloen tu amor? ¡Oh! Si yo conociese
alguna capaz de eso, te juro, Amaury,que le legaría con gusto tu
cariño, porque ahora ya no me atormentan loscelos... ¡Pobre
amor mío! Tengo tanta compasión de ti como de mí
misma,porque el mundo va a parecerte tan desierto como mi
sepultura.
Amaury sollozaba; por las mejillas de Antoñita rodaban
gruesas lágrimas;el sacerdote, para no llorar, procuraba
recogerse en la oración.
—¡No hables tanto, Magdalena: te fatigas demasiado!—dijo
con acento deternura el doctor, único de los presentes a quien su
amor había dadofuerzas para conservar la serenidad.
Volviose hacia él la moribunda y le dijo con su voz más
cariñosa:
—¿Qué podría decirte, padre mío, a ti que, desde hace dos
meses, dicesy haces cosas tan sublimes; a ti, que de un modo tan
admirable hassabido prepararme para no quedar vislumbrada
ante la bondad celeste; ati, cuyo amor es tan magnánimo que no
has sentido los celos, o, lo quetiene aún más mérito, has logrado
aparentar no sentirlos? Ahora ya sóloDios podría inspirarte
celos. Tu abnegación es sublime: me admira... Yme causa
envidia—agregó, bajando la voz.
—Hija mía—dijo el ministro de Dios,—su amiga, su hermana
Antoñita haacudido a su llamamiento. Acaba de llegar; ahí está.
XXXI
 
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