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Amaury

me volvía a París. Sialguno, admirado de tan súbita resolución,
me preguntaba:
—¿A qué vas a París?
Yo le respondía sencillamente:
—A conversar.
Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de
conversación,pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas
sólo por darme elgusto de conversar.
Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me
comprendían losfranceses. Estos solían exclamar:
—¡Qué dicha! ¡qué placer!
Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.
A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas
tertulias queen un salón elegante improvisan unas cuantas
personas charlando a susabor, dando vueltas a una idea mientras
dura el hechizo que produjo,para abandonarla después de sacar
de ella todo el partido posible,cediendo al atractivo de otra
nueva que a su vez surge en medio de lasbromas de unos, de los
discreteos de otros y de las agudezas de todos,lo cual no obsta
para que súbitamente, al llegar al punto culminante desu
desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada
por ladueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en
grupo elhilo de la charla general, recopilando opiniones,
pidiendo pareceres,planteando problemas y obligando casi
siempre a cada corrillo a vertersu correspondiente frase en ese
tonel de las Danaides que se llama «laconversación».
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