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Amaury

astro de la noche prestaba a las argentadas ondas. Yo le dabael
nombre de esposa y ella repetía el mío con voz suave, angelical.
»Desperté de pronto y la visión desapareció en el acto,
volviendo acontemplar mis atónitos ojos el aposento a media
luz, el blanco techo,la triste lamparilla y a mi lado el doctor, que
silencioso y grave, consemblante impasible, pero con mirada
terriblemente profunda, contemplabaa Magdalena dormida.
»—Ya ves que has hecho mal en reclamar tu turno—me dijo
fríamente.—Nome extraña, porque a los veintitrés años hay que
dormir mucho más que alos sesenta. Vete a descansar, Amaury;
ya quedaré yo velando.
»Sus palabras no eran de acritud ni burla; antes al contrario,
las dijocon acento de compasión paternal por mi poca fortaleza.
Pero al oírlesentí, sin saber por qué, una sorda irritación
semejante a unsentimiento de celos o de envidia.
»Es que ese hombre tiene algo de sobrehumano, viene a ser un
espírituintermedio entre el hombre y la divinidad, en quien no
hacen mella lasemociones terrestres ni las necesidades de la
materia parecen existir.Ni siquiera le han hecho un día la cama
durante el mes que acaba detranscurrir; él vela incesantemente,
siempre meditabundo y siemprebuscando un remedio
imaginario. Es un hombre de hierro.
»En vez de subir a mi cuarto, he preferido bajar al jardín para
sentarmeen el mismo banco donde estuvimos juntos la otra
noche. Allí volví arecordar aquella escena con todos sus
pormenores... Sólo a través de laventana de su cuarto se veía una
débil claridad, y yo, contemplandoaquella luz vacilante, la
comparaba instintivamente con el resto de vidaque aun anima a
mi pobre Magdalena, cuando se extinguió de pronto...
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