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Amaury

»De vez en cuando entraba el doctor a ver a su hija y en
seguida semarchaba, con aire preocupado. Reñíale
cariñosamente Magdalena, al verletan cabizbajo; pero él no la
escuchaba ni le contestaba. No parece sinoque a fuerza de
estudiar la enfermedad ha acabado por no ver ya a laenferma. A
última hora ha vuelto a entrar para administrarle uncalmante, y
después de recomendarle un reposo absoluto, me ha hechosalir
con él para dejarla descansar un rato.
XXIX
»Por la noche me tocaba a mí velar.
»El doctor, la señora Braun y yo, nos relevamos por turno en
compañía deuna enfermera que nos ayuda a cuidar a Magdalena.
A pesar de sentirmerendido de pena y de cansancio, reclamé mi
derecho y el señor deAvrigny, se retiró sin hacer la menor
observación.
»Poco después, Magdalena se ha dormido con un sueño tan
tranquilo comosi sus días no estuviesen ya contados. Yo estaba
despierto; el sueñohuía ante los negros pensamientos que me
dominaban. No obstante, a medianoche sentí nublarse mis ojos y
aletargarse mi cabeza que después deluchar un instante con el
sueño dejé caer sobre el borde del lecho de miamada.
»Entonces soñé, y mi ensueño fue tan delicioso, que me
desquitó concreces de las terribles vigilias que acababa de
pasar... Era una nochedel mes de julio, plácida y serena, y a la
luz de la luna, Magdalena yyo nos paseábamos en un país
extraño, pero que a mí me era desconocido.Conversábamos a
orilla del mar, siguiendo la ondulada línea de unapreciosa bahía,
y admirando desde la playa, los espléndidos efectos deluz que el
 
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