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Amaury

felicidad, mientras quehoy me encuentro al borde de la
desesperación más profunda.
»Aún no ha entrado el otoño, y ya empiezan a desprenderse las
hojas. Elestío ha sido muy riguroso, cálido y seco, sin brisas
templadas nirefrescantes lluvias, y la próxima estación parece
anticiparse como sidesease marchitar y aniquilar las flores de
Magdalena.
»Eran poco más de las diez, hacía una mañana fría y nebulosa,
y aun asíme pareció que había en aquellos sitios excesiva
concurrencia. Fuimehacia Marly y a las once volví a casa,
rendido por el cansancio y lapena. Sin embargo, pude observar
que la fatiga corporal es casi siempreun alivio para los dolores
del alma.
»A la sazón acababa de despertar Magdalena.
»¡Pobre amor mío! Ella no sufre: se muere poco a poco, sin
advertirlosiquiera.
»Me ha reñido por mi prolongada ausencia, diciéndome que ha
pasado muchainquietud, mientras yo falté de casa. Pero de usted
nunca me habla.¿Cómo se explica ese silencio, Antoñita?
»Me acerqué a su cabecera y procuré excusarme diciéndole
que habíasalido porque creí que dormía.
»Interrumpiéndome, me dio a besar su mano abrasadora y
luego me suplicóque le leyese algunas páginas de Pablo y
Virginia.
»Precisamente fui a abrir el libro por el pasaje donde se
describe ladespedida de los dos niños. Mientras leía costábame
gran trabajo elreprimir los sollozos que me ahogaban.
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