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Amaury

»Al pensar que soy yo quien.. ¡Dios mio! ¿Por qué me faltó el
valor paranegarle aquella última entrevista? Es que me embargó
el temor de quecreyera que no la amaba y de que se entibiara su
cariño. Casi estoy pordecir que prefiero lo ocurrido pues así
estoy seguro de morir cuandoella muera.
»¡Oh, Antoñita! ¡Qué corazón tan grande el de su tío! Desde
que meescribió aquellas palabras no ha vuelto a dirigirme ni un
reproche.Sigue llamándome hijo como si adivinase que soy el
prometido deMagdalena, no sólo en este mundo sino también en
el otro.
»¡Pobre Magdalena! Ignora que están contadas nuestras horas.
Merced alraro privilegio que tiene su enfermedad no advierte el
peligro: habladel porvenir, forja proyectos, traza planes, y su
fantasía inventa lascosas más novelescas.
»Jamás la he visto tan encantadora ni tan tierna y cariñosa
paraconmigo. Sólo me riñe porque no la ayudo a levantar
castillos en elaire.
»Hoy por la mañana me ha dado un susto muy grande.
»—Amaury—me dijo,—ahora que estamos solos dame papel
y tinta. Voy aescribir.
»—¿Qué dices? ¿Qué vas a escribir estando tan débil como
estás?
»—Ya me sostendrás tú, Amaury.
»Quedé inmóvil y mudo, aterrado al pensar que mi pobre
Magdalena,advertida, quizá por un fatal presentimiento, de su
cercano fin, queríaescribir su última voluntad.
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