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Amaury

apoyada sobre elborde de la mesa, quedó inmóvil y sin
conciencia de sí mismo hasta quevino a sacarle de su marasmo
la voz de José, diciéndole que le aguardabael doctor.
Sin despegar los labios se levantó Amaury y siguió al criado.
Pero alllegar a la puerta del cuarto de Magdalena no pudo
menos de detenerse:sus fuerzas decaían y comprendió que le
faltaba valor para presentarseante ella.
—Entra, Amaury, entra—dijo Magdalena, esforzándose para
hacer oír suvoz.
La infeliz había conocido los pasos de Amaury.
Este estuvo a punto de precipitarse en el aposento; pero,
dándose cuentaen el acto de que así podría causar un efecto fatal
en el ánimo de suamada, procuró revestir su semblante con una
expresión serena, yempujando la puerta con suavidad, entró
sonriente, aunque ladesesperación más sombría embargaba su
alma.
Magdalena extendió hacia él sus brazos, tratando de
incorporarse peroaquel esfuerzo superaba a su energía y volvió a
caer sin fuerzas sobrela almohada.
Cuando vio esto Amaury se desvaneció su aparente
tranquilidad y aterradopor su palidez y enflaquecimiento lanzó
un grito y se abalanzó aabrazarla.
Levantose el padre de Magdalena; pero ésta hizo un ademán
de súplica taninsinuante que volvió a sentarse ocultando la
frente entre sus manos.
Reinó un largo silencio que sólo interrumpía Amaury con sus
sollozos.Las cosas volvían al mismo estado que dos semanas
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