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Amaury

Pero en aquel momento se apagó la luz del doctor y apareció
en laescalinata una sombra que después de estar inmóvil un
momento se deslizóhasta el jardín. Amaury, comprendiendo que
aquella sombra era Magdalena,se precipitó hacia ella y la
detuvo.
La joven ahogó un grito que estuvo a punto de arrancarle la
presencia desu novio y sintiendo instintivamente que obraba mal
se apoyó temblandoen el brazo de Amaury. Este sentía latir
aquel pobre corazón que buscabaen él su apoyo.
Detuviéronse ambos un instante sin proferir palabra y casi sin
aliento,embargados por una intensa emoción.
Luego Amaury la condujo al frondoso sitio lleno de flores en
donde ellaacostumbraba sentarse cuando bajaba al jardín
durante el día; la hizosentarse en el banco y él tomó asiento a su
lado.
Magdalena estaba en lo firme al no temer el relente de la
noche. Era unamagnífica noche de estío, templada y serena, una
de esas noches en lasque innúmeras estrellas semejan en su
constante centelleo extensapolvareda de diamantes. La brisa
suave y acariciadora como un soplo deamor, arrancaba a la
arboleda misteriosos murmullos.
La rumorosa capital parecía descansar a la sazón; su
ensordecedor ruidohabía cedido el paso a ese murmullo apagado
y armonioso que por loincesante parece la respiración de la
ciudad dormida.
Allá, al extremo del jardín, cantaba un ruiseñor cuyos acentos
suaves ymelodiosos al principio convertíanse de pronto en
brillante cascada denotas claras y agudas. Era aquélla una de
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