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Amaury

AMAURY A ANTONIA
«Hoy hemos celebrado una gran solemnidad: Magdalena debía
bajar aljardín, según su padre se lo había prometido.
»Hacía un tiempo delicioso. Nunca he visto un cielo más
espléndido nimás alegre; la Naturaleza parecía haberse adornado
con sus más hermosasgalas y el rigor de la temperatura era
templado por el soplo de labrisa.
»Yo, para prevenir cualquier accidente, propuse al doctor que
entre losdos transportásemos a Magdalena, sentada, en su sillón;
y aunque ella seopuso en un principio, ofendida en su amor
propio de convaleciente ycreyendo inútil semejante precaución,
accedió al fin cuando le hicimosformal promesa de permitirle
pasear por el jardín. Entonces procedimos allevarla con
exquisito cuidado, y poco después se encontraba a susanchas en
el lugar anhelado que los días anteriores sólo le era
dablecontemplar sentada ante la ventana.
»Si usted, querida Antoñita, hubiese estado entre nosotros,
habríadisfrutado del hermoso espectáculo de la juventud que
vuelve a la vidacon nuevos alientos, con ansias de amor y de
dicha. Dilatábase su pecho,por tanto tiempo oprimido, como si
quisiera hacer provisión del airepuro que respiraba. Desde su
asiento alcanzaba a cortar las flores queechaba a brazadas sobre
su regazo, las estrechaba contra su seno y lasbesaba como
amigas de las cuales la separase una larga ausencia que
lahubiese hecho temer no volverlas a ver ya. Dando libre
expansión a lossentimientos que llenaban su alma, prorrumpía
en exclamaciones admirandola Naturaleza, daba gracias a Dios
y vertía copioso llanto de gratitudhacia su padre. Era una flor
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