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Amaury

Transcurría a la sazón el mes de junio, y hacía un hermoso día,
digno deservir de despedida a la primavera, próxima ya a dejar
paso al estío. Eldoctor había permitido que al mediodía, por ser
aquélla la hora de máscalor y no ofrecer peligro para la enferma,
se abriesen por primera vezlas ventanas del aposento de
Magdalena; de modo que encontró a éstasentada en su cama con
el deseo retratado en el semblante de respiraraquel aire que le
estaba vedado todavía y contemplar de cerca aquelfrondoso
verdor del parque, bajo cuya sombra no podía correr aún; peroen
cambio ya que nada de esto le estaba permitido, había hecho
cubrir sucama de flores, como se hace con los palios en la
poética fiesta delCorpus.
Amaury se había prestado a ello y le llevaba del jardín al lecho
lasflores que ella quería.
—¡Papá!—exclamó al ver al doctor.—¡No puede usted
imaginarse cuántole agradezco la sorpresa que Amaury, con el
permiso de usted, me ha dadoal devolverme el aire y las flores!
Me parece que respiro con máslibertad y me comparo con aquel
pobre pajarillo que usted puso con unrosal en el interior de la
campana neumática. ¿Recuerda usted? Cuando sele retiraba el
rosal parecía pronto a morirse, y cuando se le devolvíaparecía
también que se le restituía la vida. Diga usted, papá: Cuando
amí me falta aire y me ahogo, como aquella infeliz avecilla, ¿no
se mepodría también devolver la vida rodeándome de flores?
—Sí, Magdalena; sí, hija mía; ya lo haremos así—asintió el
doctor.—Nopases pena: yo te llevaré a un país en que no
mueren jamás ni lasflores, ni las niñas y allí vivirás tú entre
rosas como una abeja o unpájaro.
—¿Adónde me llevará usted, papá? ¿A Nápoles?
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