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Amaury

—Por pretexto no te apures no hace falta, porque existe una
razónjustísima. Yo conseguí para ti una misión que debías
cumplir en la cortede Nápoles, y en su virtud tú dirás o, aun
mejor, lo diré yo, y asíquedas exento de responsabilidad, que en
provecho de tu carrera tienesque desempeñar esa comisión
inmediatamente. Si mi hija se queja, yo lediré que calle, que
iremos a recibirte cuando regreses y, en vez de tresmeses, la
separación no llegará a seis semanas.
—¿De veras? ¿Lo hará usted así?
—Sí, hijo mío; ya lo verás. A Magdalena le conviene el clima
de Italia,con su hermoso cielo y su aire tibio y suave. La llevaré
a Niza, porqueese viaje es poco costoso y puede hacerse sin gran
fatiga, remontandoel Sena, siguiendo el canal de Briare y
bajando luego el Saona y elRódano. Desde allí te escribiré que
aceleres o dilates tu regreso, segúncomo esté mi hija. De este
modo la ausencia es, y así lo debescomprender, bastante
soportable, endulzada por la esperanza de unareunión próxima,
y yo veré a Magdalena libre de esas fuertes emociones yde esas
terribles sacudidas debidas a tu presencia, que la postran y
lamatan. Fija bien en tu memoria, lo que ahora voy a decirte y
tenlosiempre muy en cuenta: La he salvado ya dos veces; pero a
la terceracrisis no habrá remedio para ella y sucumbirá
forzosamente. Esa crisistiene que sobrevenir con tu presencia.
—¡Oh! ¡Es horrible! ¡Qué situación, Dios mío!
—Te lo pido, pues, no ya por ti ni por mí, sino por ella. Te
pido queme ayudes a salvarla y lo harás si comparas esa
separación tan corta conla separación eterna, impuesta por la
muerte.
—¡Qué remedio!... Haré lo que usted quiera, padre mío.
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