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Amaury

Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible,consagrándose
a cuidarla y reanimándola con su cariño y su tiernasolicitud; y
estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento entodo
instante.
»Mas yo advertía una cosa; cuando Amaury y Antoñita me
acompañaban cercade Magdalena, ésta parecía inquieta; miraba
alternativamente al uno y alotro como si quisiera sorprender sus
miradas y sus gestos, y como casisiempre tenía su mano en la
mía, sin que ella se diese cuenta, yo sentíaen su pulso latir los
celos.
»Si se le aproximaba uno solo de los dos, volvía el pulso a su
estadonormal. Mas si los dos dejaban la habitación, ¡qué
horrible debía serel sufrimiento de mi pobre hija! ¡Cómo se
recrudecía su estado febrilhasta que alguno de ellos volvía a
acompañarnos!
»Yo no podía hacer que Amaury se alejase, porque ella
necesita como elaire su presencia. Ya veremos más adelante.
»Y tampoco era dueño de alejar de aquí a Antoñita. ¿Cómo
podía decirle aesa pobre criatura, casta como la pura luz del
cielo:—¡Vete!, Antoñita?
»Pero ella, que todo lo adivina, entró ayer en mi despacho y
me dijo:
—Tío, creo que usted dijo un día que en cuanto volviera el
buen tiempoy Magdalena estuviese algo mejor, la llevaría a su
quinta deVille-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya
mejor, y estamos yaen primavera, y si hemos de ir allá, hay que
visitar primeramente laquinta, que está deshabitada desde el año
pasado, y sobre todo, tenemosque preparar con especial cuidado
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