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Amaury

vida; yo, que hedevuelto tantas esposas a sus maridos, tantas
madres a sus hijos, tantoshijos a sus padres, tengo en estos
momentos a mi hija moribunda, y nosoy dueño de decir: ¡La
salvaré!
«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni
siquierase cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado
bien con su dinero,y sin embargo, a haberlas yo abandonado,
ahora reposarían para siempreen el fondo del sepulcro, en vez de
pasear a la luz del sol... ¡Y yo,que he sabido combatir a la
muerte y llegar a humillarla en pro de seresextraños y hasta
desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamenteahora
que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!
»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe
del destinomi vanidad de sabio!
«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he
curado eranterribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran
enfermedades paratodas las cuales hay remedios conocidos. El
tifus se cura con caldo yagua de Sedlitz; las meningitis más
graves, con tratamientosantiflogísticos; las afecciones del
corazón más rebeldes, con el métodode Valsava; pero ¡ay! la
tisis... No hay más que una enfermedad, sólouna, que ni el
mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro,
yprecisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.
»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de
segundogrado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he
presenciado uncaso en el hospital. Tratábase de un pobre
huérfano, sobre cuya tumba nohabría llorado nadie. Creo yo que
Dios se apiadó de él porque lo vio tansolo, tan abandonado en
este mundo.
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