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Amaury

verse hasta en los salonesmás distinguidos ni más ni menos que
si fuesen allí para ofrecer un temade conversación a los que no
tienen asuntos de que hablar.
Al alejarse Antoñita después de una de esas visitas que hacía
aMagdalena, Amaury, que acompañaba a ésta, le dijo:
—Ya que eres tan magnánima, ¿no te parece, Magdalena, que
para que lareparación sea completa debo bailar con tu prima?
—¡Naturalmente!—respondió Magdalena.—No había pensado
en eso y seresentiría ella...
—¡Cómo! ¿Que se resentiría?
—¡Claro está! Creería que yo me opongo a que bailes tú con
ella.
—¡Qué niñería!—replicó Amaury.—¿Cómo supones que iría a
ocurrírseleidea tan insensata?
—Tienes razón—repuso Magdalena esforzándose para reír.—
Sería unahipótesis absurda; pero, de todos modos, como que es
cosa que entra enel terreno de la posibilidad ha sido una buena
idea la que has tenido alpensar en invitarla. Ve, pues, sin perder
tiempo; ya ves que la rodeauna corte de adoradores.
Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se
traslucía en elacento con que Magdalena pronunció las
anteriores palabras, las tomó alpie de la letra y se dirigió hacia
Antonia. Poco después, tras desostener con ella un largo
coloquio, volvió adonde estaba Magdalena, queno lo había
perdido de vista ni un instante y así que lo vio a su ladole
preguntó con la mayor indiferencia que pudo aparentar:
—¿Qué baile te ha concedido?
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