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Amaury

XVII
Todo fue a las mil maravillas al principio.
A despecho de la postración y la palidez de Magdalena, la
hermosurasoberana y la perfecta distinción de la joven hacíanla
ser sin disputareina de la fiesta. Únicamente Antoñita por su
gracia atractiva y por laanimación de su carácter, podía alegar
derechos a compartir con ella sutrono.
Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta
produjeron enMagdalena un efecto magnético, haciéndole
recobrar el color y lasonrisa y reavivando a impulsos de su
mágica influencia aquellas fuerzasque momentos antes parecían
agotadas.
Y aún había otra circunstancia que henchía su corazón de
indeciblealegría. Su padre presentaba a Amaury por yerno a
cuantas personasnotables entraban en el salón y todo el mundo,
al mirar alternativamentea Magdalena y a su novio, parecía decir
de un modo unánime que era muyfeliz aquel que se iba a unir
con una joven tan encantadora.
Amaury había cumplido su palabra con rigurosa exactitud.
Sólo habíabailado dos o tres veces con otras tantas damas a las
que sin pecar degrosero no habría podido dejar de invitar al
baile; pero en cuantoestaba libre volvía en seguida al lado de
Magdalena, que estrechándolela mano con cariño le manifestaba
así su gratitud mientras su mudamirada le decía elocuentemente
cuán dichosa se juzgaba.
También Antoñita se acercaba alguna vez a su prima como
vasalla querindiera homenaje a su reina, preguntándole por su
salud y burlándosecon ella de esas fachas ridículas que suelen
 
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