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Amaury

sólo obrando a impulsos dela fiebre. Conmoviose hondamente
ante las muestras de abnegación de losque la rodeaban, y
enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labiosasomaba, para
extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:
—Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y
quierodemostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá,
no bailaré. Y ati, Amaury, como tienes que cumplir con los
deberes que impone lasociedad, te autorizo para bailar cuanto
quieras, a condición de que nolo hagas a menudo y que de vez
en cuando me acompañes, ya que lafacultad y la paternidad se
han confabulado para condenarme arepresentar un papel pasivo
en la fiesta de esta noche.
—¡Gracias, hija mía, gracias!—exclamó el doctor sin poder
contener sujúbilo.
—¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!—le dijo Amaury en
voz baja.
Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a
llegar losinvitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero
Magdalena no quisohacerlo sin que antes fuesen en busca de su
prima. Apenas manifestó estedeseo cuando apareció en el
umbral Antoñita con los ojos húmedos aún porel llanto, pero
con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.
—¡Hermana mía!—exclamó Magdalena adelantándose hacia
ella paraabrazarla.
Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la
colmó debesos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile
unidas de la mano:Magdalena tan pálida y demudada como
Antoñita animada y jovial.
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