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Amaury

No podía negarse que las mejillas, generalmente pálidas de
Magdalena,habían recobrado el color de la salud; pero este
color, sobrado vivoquizá, se concentraba demasiado en los
pómulos, dejando el resto delsemblante envuelto en una palidez
que dejaba trasparentarse una red deazuladas venas casi
imperceptibles en otra persona cualquiera y quemarcaba una
huella sensible en el cutis de la joven.
El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero
en susfulgores, el doctor sabía advertir a veces algún que otro
relámpago defiebre.
Pasábase el día saltando por el salón o corriendo locamente
por eljardín, como la muchacha más animada y robusta; pero,
por la mañanaantes de llegar Amaury y por la noche cuando éste
se marchaba, parecíaextinguirse todo el ardor juvenil que sólo la
presencia de su novioparecía reanimar, y su débil cuerpo, libre
de toda traba femenina,doblábase como una caña y necesitaba
apoyo, no ya para andar, sino hastapara permanecer en reposo.
Su propio carácter, suave y benévolo de ordinario, parecía
haber sufridorecientemente, aunque respecto a una sola persona,
ciertasmodificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien
Magdalena habíaconsiderado como hermana suya desde que su
padre la había prohijado dosaños antes, seguía siendo la misma
para la hija del doctor, ésta, a losojos escrutadores de su padre
que era observador profundo, habíacambiado mucho para con su
prima.
Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra
como el ébano,sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos
y su aire de vigorosay alegre juventud entraba en el salón,
dominaba a Magdalena unsentimiento instintivo de pesar que
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