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Amaury

»—¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante
desagradable—lesdije.
»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de
unadesgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos
temblaban.
»—Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño
dorado,que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me
quedaré aquí,porque el rey se niega a concederme el permiso
que yo le había pedido,dignándose decirme que le soy útil y
hasta indispensable, y rogándome,por lo tanto, que me quede.
¿Qué podía responder yo? El ruego de un reyes una orden para
el vasallo.
»—Es usted muy malo, papá—dijo Magdalena,—puesto que
prefiere agradaral rey a darle gusto a su hija.
»—¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio
que bajar lacabeza ante una imposición de esa índole—dijo a su
vez Amaury, sinpoder ocultar su gozo bajo la apariencia de la
pena.—Aun cuando ustedesté lejos de nosotros, siempre
pensaremos en usted, y lo tendremospresente.
»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a
laconversación otro giro; me apenaba mucho su inocente
hipocresía.
»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión
diplomáticaobtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de
recreo fuese deprovechosa utilidad a su carrera.
»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones;
pero, a decirverdad, lo que entonces le absorbía por completo
era su amor y no otracosa. Al retirarse le acompañó Magdalena
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