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Amaury

palidez que lo cubría. Cierto es que dichojoven, último
representante de una de las más linajudas familias de
lamonarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de
día en díaextinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no
figurarán ya sino enla historia. Se llamaba Amaury de Leoville.
Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al
delente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado
fielmente suespíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por
sus labios como sia ellos quisieran asomarse las impresiones de
su alma, era la sonrisadel hombre feliz.
Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la
suerte, conel don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la
distinción, labelleza y la dicha, porque es el protagonista de
nuestra historia.
Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar:
dejóatrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San
Honorato entró en lacalle de Angulema.
Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada,
quehasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.
Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado
entre unflorido patio y uno de los extensos jardines, ya muy
raros en París, quelos ve desaparecer poco a poco para ceder el
puesto a esos gigantes depiedra sin aire, sin espacio y sin verdor,
llamados casas, con notoriaimpropiedad. Frente al edificio se
detuvo el caballo, como obedeciendo ala costumbre; pero el
joven, tras de lanzar una intensa mirada a lasventanas, que
aparecían cerradas o imposibilitaban toda
investigaciónindiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en
cuando la cabeza yconsultando con frecuencia el reloj como
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