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Amar es Vencer

señora, a la que puede que no hayavisto seis veces en mi vida.
La muerte de esa respetable persona no mecausaría, pues,
ningún pesar particular... Preciso es que todo acabe,¿verdad?
Era muy vieja, casi octogenaria, y su muerte está en el
orden,evidentemente... Por desgracia, no le conozco ningún
pariente próximo, ytengo que ejercer derechos como heredero a
una parte, al menos, de susbienes. Su fortuna es la que el señor
de Boivic legó a mi madre...¿comprende usted? Esta situación
me impone también deberes, el primerode los cuales sería hacer
los honores fúnebres a la difunta yacompañarla decentemente al
cementerio... Ahora bien, mire usted, hijomío, estas piernas
llenas de cataplasmas... ¡Bonita facha de herederopara escoltar
hasta la última morada a aquella noble señorita! No puedo,sin
embargo, dejarla ir sola, bajo la presidencia de una criada...
Estoes lo que espero de usted, amigo mío; va usted a hacer la
maleta y atomar esta noche el tren para Quimper.
—¡Diablo!—dije un poco contrariado.
—Sí, amigo mío, Quimper, Quimper, Corentin, nada menos...
Es usted mipupilo, mi amigo, y esto equivale a un parentesco...
Y hará usted mejorfigura que yo al frente del cortejo...
—Estoy a las órdenes de usted.
—Otra cosa. La de Boivic era muy devota, y no me extrañaría
que hubieradispuesto de su fortuna, bastante modesta por otra
parte, en favor dela gente de iglesia... Tendrá usted que cuidar
de que no haya usurpadola parte que me corresponde.
—Pero, querido maestro, ¿con qué derecho habré de
intervenir?
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