Sin adulación servil aseguro que la cordobesa es, por lo común,discreta, chistosa y
aguda. Su despejo natural suple en ella muy amenudo la falta de estudios y
conocimientos. Sus pláticas sondivertidísimas. Es naturalmente facunda y espontánea
en lo que dice ypiensa. Amiga de reír y burlar, embroma a los hombres y les suelta
milpullas afiladas y punzantes, pero jamás se encarniza.
¿Qué otra cosa he de añadir? Una cordobesa es avara y otra pródiga, perotodas son
generosas y caritativas. Cordobesa hay que lee todavía librosantiguos, devotos los
más, que pertenecieron a su bisabuela, y que estáncomo vinculados en la casa; v. gr.:
La Perfecta Casada, del maestroLeon; El menosprecio de la corte y alabanza de la
aldea, y el MonteCalvario, de fray Antonio de Guevara, y hasta las Obras
completas(cerca de veinte volúmenes en fólio) del venerable Palafox. No lo
digofantaseando: he conocido lugareña cordobesa que tenía y leía estos yotros libros
por el estilo. Otras leen novelas modernas de las peores.Otras no leen nada.
Mujeres hay que han estado en Sevilla o en Madrid, que han ido a Málagay han
visto la mar; y mujeres hay que jamás salieron de su pequeñavilla, y se forman de
Madrid idea tan confusa como las que yo me formode las ciudades que puede haber
en otro planeta. Casi ninguna estádescontenta de su suerte. La buena pasta es muy
común. El orgullo,además, las excita a menospreciar lo que no está a su alcance; y el
amorde la patria, encerrado dentro de los estrechos límites del pueblo enque nacieron
y se criaron, se hace más intenso, enérgico y vidrioso, ylas mueve a amar con delirio
aquel pueblo y aquella sociedad,prefiriéndolos a todo, y a revolverse casi con furor
contra cualquieraque los censura.
Si hubiera yo de seguir contando y pintando circunstanciadamente lascosas,
escribiría un tomo de quinientas o seiscientas páginas. Demos,pues, punto aquí: y,
gracias a que este artículo no peque por largo, y aque tenga el lector la suficiente
indulgencia, vagar y calma, paraleerle todo sin enojo, fatiga ni bostezo.
Cuando Virgilio, inspirado por los antiguos versos de la Sibila, por laesperanza
general entre todas las gentes de que había de venir unSalvador, y tal vez por alguna
noticia que tuvo de los profetas hebreos,vaticinó con más o menos vaguedad, en su
famosa égloga IV, la redencióndel mundo, todavía le pareció que esta redención no
había de serinstantánea, por muy milagrosa que fuese, y así es que dijo:
