Última moralidad. Todo es relativo, como decía D. Hermógenes. No haymenos ni
más. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artículopara cumplir mi
imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubierasido capaz de escribir la
historia de toda la raza humana; y, en menostiempo, mis silfos son capaces de realizar
lo más importante de supropia historia. No lo daré por muy seguro, porque no he
llegado aenterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yohe
estado afanadísimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,a fin de salir
del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,creado constituciones, inventado
filosofías y máquinas, y erigidomonumentos, en su sentir, imperecederos.
Tal consideración me avergüenza y humilla, en vez de llenarme devanidad; y,
aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el públicoque ha de leerme,
todavía le presento con grandísima desconfianza esteescrito, que no he tenido reposo,
ni humor, ni tiempo para hacer másbreve.
El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, unode sus
artículos; y yo, como es natural, elegí la cordobesa, por ser laprovincia de Córdoba
donde he nacido y me he criado.
Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra deescribirle.
Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo unsinnúmero de dificultades y
objeciones, por cuyo medio trataba decondenar el pensamiento del editor, a fin de
justificar mi tardanza encontribuir a su realización con mi trabajo.
¿Qué diferencia esencial, ni siquiera qué diferencia accidental notable,puede haber
o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o lasevillana? Allá en lo antiguo
quizás la hubiese, porque no eran tanfáciles las comunicaciones, y era más fácil el
vivir aislado ysedentario; pero en el día, en que, no ya los hombres y mujeres
decontiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos países
yapartadísimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, ¿cómo ha depersistir esa
variedad y distinción de tipos, dando ocasión a que sedescriban mujeres que por sus
costumbres, creencias, modos de sentir yde pensar, fisonomía, continente y traje, se
diferencien hasta el puntode que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan,
varíen por elasunto, y no sólo por el estilo del que pinta o describe? Además, medecía
yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,sin que acierte a
borrarlos o a confundirlos la continua convivencia yel íntimo comercio espiritual, en
esta época en que tanto se escribe, selee y se viaja, en este siglo del vapor y la
electricidad, delferro-carril y del telégrafo, todavía no logro persuadirme de que
