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Algo de Todo

en muchas otras, queconsidero secundarias, vacilar con demasía y no acabar nunca
dedecidirme, fluctuando entre los más encontrados pareceres. Percibo oimagino qué
percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya mesiento solicitado por unos,
ya atraído por otros, en direccionesopuestas.
En este asunto de las letras mal remuneradas me ocurre, mil veces másque en otros,
tan lastimosa fluctuación.
Prescindo del interés que como escritor me induce a desear que loslibros se vendan
a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganarla vida. Y libre mi criterio de
esta seducción, diré en breves frases loque en pro de ambos pareceres se presenta a mi
espíritu.
Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un tratado del célebreAlfieri, cuyo
título es Del Príncipe y de las letras. Nada me parecíamás razonable que lo que allí se
afirma. Todavía, en tiempo del autor,los poetas, los filósofos, los que componían
historias, todos losescritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o
gozabanremuneración por sus trabajos de algún magnate, monarca, tirano o
señorespléndido, que los protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declamacon severa
elocuencia y se desata en invectivas y en raudales deindignación. Para complacer al
príncipe, magnate o tirano, a quien sesirve y de quien todo se espera o teme, importa
adular, encubrir amenudo las verdades más provechosas al género humano y emplear
un estilosin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misión enlo que
vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la protección ytutela del tirano, que
aprenda y ejerza oficio manual para vivirindependiente, y que, de esta manera,
escribiendo sólo por amor a lagloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo y
purísimo deadoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga
obrasmerecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generacionesfuturas, a
quienes sirvan de guía y norte.
Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba graciasfervientes
al cielo porque me había hecho nacer en una edad en que lascosas habían cambiado de
tal suerte, que el escritor, contando con elpúblico, para nada necesitaba de tirano a
quien adular, ni a fin de noincurrir en su enojo se veía obligado a callar las más útiles
y hermosasteorías.
Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que hoy se llamapúblico y que en
lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamabavulgo, ¿no es tirano también?
¿No es menester adularle si queremos ganarsu voluntad? ¿No conviene decirle las
cosas que le deleitan para tenerlepropicio? ¿No se necesita callar las verdades más
sanas para que no seenfade?
Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el público y elpueblo fuesen
la misma entidad, aún se podría sostener que posee, si noreflexivo acierto para
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