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Algo de Todo

Cualquiera trato o negociación que se haga, o se haya hecho o se estéhaciendo, para
obtener dinero, disimulará tal vez el sacrificio a losojos profanos; pero no le mitigará.
Es seguro que el dinero que tomemos,por enrevesado que sea el método de tomarle,
nos ha de costar lo mismo omás que por el método sencillo y expeditivo de emitir
Treses. Trasmitidala operación al idioma pintoresco del vulgo, será siempre tirar de
lospies a un ahorcado.
Dicen los que entienden de Hacienda, que es menester proporcionarserecursos y
que no nos los podemos proporcionar con menos sacrificios. Siesto es así, Dios me
libre de criticar al Sr. Ministro de Hacienda. Loúnico que yo diré y digo es que el
artificio de tomar prestado de unmodo tan ruinoso no es muy ingenioso, ni muy sutil,
ni muy peregrino, yque, si la ciencia de la Hacienda consiste en eso sólo, se puede
suponerque no hay tal ciencia de la Hacienda, y que el último patán puede hacerlo
mismo que el profesor más hábil.
He vacilado y vacilo aún en publicar esta Meditación, harto rara;estos desordenados
pensamientos míos, que la angustia en que vivimos yel terror que infunde en algunos
corazones la ciencia económicaespañola, me han inspirado, sin poderlo yo remediar.
Repito asimismo que aquí no se aducen otras razones que las del merosentido
común más rastrero; y que desde la bajeza de este sentido comúna la altura de la
ciencia ha de haber una distancia infinita.
Todo esto lo reconozco y lo proclamo. Sin embargo, tal es el amor quetenemos a
nuestros hijos, y la presente Meditación es hija mía, queaunque haya nacido
enclenque y ruin; no he de atreverme a matarla. Másbien me atreveré a darle vida,
aunque sea vida efímera y trabajosa,publicándola en un periódico, y exponiéndome
por amor paternal a lasiras o al menosprecio de los sabios, que tal vez hacen en este
momentola felicidad de la patria. Tal vez murmuramos, como murmuraba la chusmaa
bordo de las carabelas la víspera de aquella feliz y memorable auroraen que por vez
primera aparecieron a los ojos espantados de los europeoslas risueñas y fecundas
costas del Nuevo Mundo. Tal vez murmuramos, comomurmuraban los israelitas en el
desierto porque no llegaban a ver laTierra Prometida; y eso que el Maná y las
codornices que les daba suMoisés no costaban nada, y los millones que nos da nuestro
Moiséscuestan mucho.
En fin, sea como sea, yo me atrevo a publicar esta endiabladaMeditación. Al cabo,
no soy esparciata para dar muerte a mis hijosenfermizos, aunque tenga que ser
esparciata y tengamos que seresparciatas todos los españoles para tragar la salsa
negra, si siguenlas cosas así.
Considere el pío lector que esta Meditación es como un entretenimientoy nada más,
y sea verdaderamente pío, que harto lo exige el caso. Lea miMeditación sobre el
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