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Algo de Todo

Si esto me sucede con un espectáculo que no dura más de algunas horas yque se
limita al breve recinto de uno o dos salones, ¿qué se puedeesperar de mí como
describidor del baile divino, al aire libre, que durameses, que se extiende por todo un
hemisferio del mundo, y donde cantany bailan los inmortales al son de la concertada
armonía de las esferas?Está visto, yo tengo que hacerlo muy mal.
Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con quemiro el
asunto, es en mi daño y me le hace más difícil. Si yo le mirasecon frialdad, ya me las
compondría, tomando de aquí y de allí, no delnatural, sino de libros, que me servirían
de guía y modelo; ya locompaginaría y arreglaría todo lo menos mal posible. Por
desgracia mientusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi
escasísimaciencia.
Lo primero que no sé es qué plan seguir; dentro de qué términosencerrarme. Porque
a la verdad, si el más rastrero de los seres humanosda suelta a su imaginación y la
echa a volar por esos campos verdes ypor ese cielo sereno, durante los meses de Abril
y Mayo, sólo Dios sabedónde su imaginación irá a parar, y qué rico botín traerá
cuando vuelvaa casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores,
demariposas y calandrias, de perfumes y armonías, de luz y sombras, deamores y de
cánticos, todo tan en desorden y tan enmarañado, que nohabrá manera de cifrarlo en
un libro en folio y mucho menos en 20 o 30cuartillas.
Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numenmétodo y
plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el método, y loque es yo por mí no le
trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarmepor nuevos caminos, y sin resignarme
a seguir los muy trillados yseguidos por todos.
Para saber el día en que empieza y el día en que acaba la Primaveraremito al lector
al almanaque. Para saber la causa inmediata y naturalde su vuelta periódica, le remito
a cualquier compendio de Astronomía.
¿Qué me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?
¿Sacaré a relucir las manoseadas y trivialísimas moralidades de quedicha estación
responde a la juventud en nuestra vida, y de que convieneno gastar las flores a fin de
que haya luego sazonados frutos en elotoño? ¿O daré lección de política o de filosofía
de la historia, conocasión de la Primavera, afirmando que las naciones tienen también
lasuya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;pero que, no bien
llegan a su otoño, o dígase a su edad madura, debendejarse de tales devaneos y
trabajar mucho, que esto es dar el fruto queimporta, a fin de pagar las deudas y
proporcionarse las comodidades yel bienestar que el invierno y la vejez reclaman?
Imposible. Esto sería lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sería unsermón
inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sinorden. ¡Ojalá tuviese
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