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Algo de Todo

hayatambién un sello de provincialidad, como hay sello de nación, de tribuo de casta.
Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivasestas calidades, provienen de
divisiones que hizo la naturaleza misma, yno de las divisiones administrativas o
políticas, esto es, artificiales,como son las divisiones por provincias. Malagueñas o
sevillanas habrá,sin duda, de casta y suelo más homogéneos con los de ciertas
cordobesas,que los de muchas cordobesas entre sí. Una mujer de Cuevas de
SanMarcos, por ejemplo, debe parecerse más a otra de Rute, que una de Rutea otra de
Belalcázar, y más se parecerá la de Casariche a la deBenamejí, que la de Benamejí a
la de Almodóvar.
Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Cataluña, yentre la
manchega y la vizcaína habían de mediar radicales diferencias;pero esto de que cada
provincia, fuese la que fuese, había de tener untipo especial, se me hacía difícil de
creer. Sólo salvaba yo lamonotonía de este libro y cifraba su variedad en el ingenio
diverso decada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singularde su
estilo, pensamientos y sentimientos.
Nunca pensé que el editor desease que escribiésemos una reseña erudita,una serie
de vidas de todas las mujeres célebres de cada provincia. Estosería quizás, no sólo
ameno, sino ejemplar y didáctico; pero no setrataba de esto, ni yo me hubiese
comprometido a escribir mi artículo,si de esto se tratase. No era obra histórica, ni
biográfica, la que setrazaba y proyectaba, sino cuadro de costumbres y pintura al vivo
oretrato fiel de lo que hoy se nota en cada provincia en los usos,cultura, ideas, y
demás prendas, condiciones y actos de las mujeres. Ysiendo la cosa así, repito que no
me percataba yo de nada o de casi nadaque impidiese la monotonía de la obra por el
objeto, aunque por elsujeto, o mejor diré por los sujetos, viniese a ser un jardín de
flores,como la capa del estudiante, merced a la diversidad de estilos y a
laidiosincracia de cada escritor que en ella pusiese mano.
Así, sobre poco más o menos, andaba yo cavilando, cuando deberes defamilia me
llevaron al riñón de la provincia de Córdoba; a una dichosacomarca donde el color
local provincial está difundido a manos llenaspor la Naturaleza pródiga e inexhausta
en sus varias creaciones. Yestando este color, este sello, este tipo en todo, ¿cómo, me
dije yo, noha de estarlo en la mujer, la cual es blanda cera para recibirimpresiones, y
duro bronce para conservarlas sin que se desvanezcan?
Más de cinco meses pasé en mi lugar, y en este tiempo mudé por completode
parecer, respecto al libro del Sr. Guijarro. No me quedaba excusapara no escribir el
artículo. Estaba persuadido de que si la cordobesaque yo pintase no era un tipo sui
generis, era porque yo no sabíapintar lo que estaba viendo de un modo claro. Me
decidí, pues, desdeentonces a hacer esta pintura, confesando con ingenuidad que, si
no saleoriginal y nueva, la culpa será mía y no del modelo.
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