QUELLAmañana madrugó don Alejandro casi tanto
como el sol, y eso queera el de los días más largos del mes de
junio, de los «de por sanJuan». No había pegado el ojo en toda
la noche; y no por miedo a losladrones ni por extrañar la cama,
sino por la comezón de la pícaracuriosidad, que le tuvo en vilo.
Por si a Nieves le había pasado lopropio, se acercó a la puerta de
su gabinete, aplicó el oído a lacerradura, y, en efecto, Nieves se
revolvía allá dentro.
—¡Nieves!—llamó trémulo de gusto.
—¡Papá!—respondió la voz argentina de Nieves—. Estoy
concluyendo dearreglarme... Allá voy enseguida.
—¡Ajá! Pero dime: ¿has cumplido tu palabra?
—Como que me estoy vistiendo casi a obscuras.
—Así se hace, ¡canástoles! Pues mira: ya, por lo poco que
falta, no loechemos a perder con una mala tentación. Firmes con
ella si acomete,¿eh?
Se oyó la risa franca de Nieves muy cerquita de la puerta, que
a pocorato se abrió dando paso a la sevillanita envuelta en un
blanco yholgado peinador, con toda la espesa y fina mata de su
pelo rubio doradotendida sobre la espalda.
—Para que veas que no te engaño—dijo a su padre señalando
al fondo delgabinete—, mira qué obscuro está todo.

