Al desembocar en la plazuela de la Colegiata, se despidió
Bermúdez de suviejo amigo con un fuerte apretón de manos.
—Ya está usted en sagrado—le dijo—, y yo me vuelvo a mi
escondite.
—Gracias por todo, ¡por todo, sí, señor!—respondió el
boticariotrémulo de voz y conmovido, como si se despidiera de
don Alejandro hastala eternidad.
Retrocedió Bermúdez hacia Peleches; y andando cuesta arriba
y meditando,dejó escapar de su pensamiento, y como si fueran
el resumen de susmeditaciones, estas palabras:
—¿Qué apostamos ¡canástoles! a que ese pobre boticario vale
mucho másque yo?
—XXIV—
«El Fénix villavejano»
COMPAÑADO del propio Maravillas, que para eso y
para dirigir ymejorar a su gusto la edición, había ido dos días
antes a la ciudad,entraba en Villavieja el paquete de los
quinientos ejemplares, húmedotodavía y exhalando el tufo que
enloquece a los pipiolos y regocija alos veteranos en la esgrima
de la péñola, al mismo tiempo que subíahacia Peleches don
Alejandro Bermúdez.


