OMO tenía un plan en la cabeza, en cuanto los señores
de Peleches, quehabían elegido el camino de abajo para volver a
su casa, mostrarondeseos de hacer un alto en la botica donde ya
se hallaba el boticariodon Adrián, Leto se despidió de ellos
pretextando ocupaciones urgentesen su balandro.
El boticario se había puesto ya su gorro de terciopelo, y estaba
sentadoentre puertas viendo pasar a la gente elegante en
dirección a laCostanilla para subir a la Glorieta. Sentáronse
también los de Peleches;y después de saber por don Adrián que
don Claudio Fuertes se habíaseparado de él para ir un rato al
Casino, comenzaron a contarle lasperipecias del paseo, con
grandes elogios del barco y otros mayores dela pericia náutica y
extremada bondad de su hijo.
El cual, entre tanto, caminaba a todo andar hacia el muelle.
Cuandollegó a él, no pensó siquiera en meterse en el balandro
que estaba a dosbrazas de la escalerilla: limitose a hacer a
Cornias, ocupado en recogerel aparejo a toda prisa, algunas
advertencias sobre el particular, yenseguida tomó el camino del
Miradorio.


