había mucho que mirar yque considerar en aquella nueva fase de
su vida.
—II—
La tesis de Don Alejandro
Egrandes emociones fue para Nieves el día del estreno
de aquelloshábitos para ir a retratarse con ellos; pero no tan
hondas como las quesintió su padre en el momento de verla
aparecer a la puerta de sugabinete, calzándose los guantes y
diciéndole al mismo tiempo: «cuandoquieras, papá», con una
sonrisilla de ojos y de media boca (porque laotra media la tenía
ocupada con una penquita de albahaca) que venía asignificar:
«¿qué te parece de tu hija con estos flamantes atavíos?»Hasta
entonces, en el colegio o fuera del colegio, con los vestidos
unpoco más largos o un poco más cortos, siempre había sido
Nieves para supadre una niña, más alta o más baja, más hecha o
menos hecha; perouna niña al cabo, «la niña», como él la
llamaba hablando con su ama dellaves o con el primero que se le
ponía por delante; la niña, con losgustos y los deseos y descuido
propios y naturales de la edad del candory de la inocencia; pero
¡canástoles! desde aquel momento crítico, conaquel talle ceñido



