—Si tocan ustedes en el muelle, enséñeles el yacht, aunque
estáfondeado un poco lejos. Ya van enterados de todo... Eso es.
SÍ se presentaron en Peleches al rayar las doce y media,
el boticariodon Adrián Pérez y su hijo Leto: el primero radiante
de gozo, y elsegundo no tan acoquinado como era de temerse
por lo que de él se sabe.El motivo de esta novedad consistía,
siguiendo la imagen del bañistaperezoso, apuntada por don
Alejandro en la botica, en que Leto, antes dela gran zambullida
en el caserón de los Bermúdez, había ido preparandoel
equilibrio de las dos temperaturas con un par de fregoteos
bastanteregulares. El uno se lo dio en el Casino; el otro, al salir
de misamayor al día siguiente, que era de fiesta, es decir, el día
mismo delconvite. En el Casino tuvo que picar algo en la
conversación general,aludido de intento por Bermúdez; y más
aún que en la conversación, en lagolosina que irradiaban en
aquel antro desabrido, los ojos y la siluetade la hechicera
sevillana; porque Leto, al fin y al cabo, era mozo debuen gusto,
y mujeres de aquel arte que le miraran a él con el



