L de Villavieja tenía bien poco que ver y mucho menos
que admirar. Estoya se sabe por referencia de don Claudio
Fuertes; pero una cosa essaberlo de oídas, y otra muy diferente
verlo con los ojos de la cara;subir por su escalera angosta, entre
la tienda de Periquet y el Bazardel Papagayo; sentir
estremecerse los peldaños desnivelados, debajo delos pies;
abocar al vestíbulo mal oliente, obscuro, casi tenebroso dedía,
con algunas perchas desiguales y una bastonera de listones,
larga yestrecha; echarse a la ventura por cualquiera de los dos
pasadizos quearrancan de allí, uno a la derecha y otro a la
izquierda, con el sueloesponjoso y temblón, de puro viejo, y ver
aquí un cuarto lleno decajones vacíos, de quinqués
desvencijados, de montones de periódicos dedesecho y de
vasijas quebradas; más allá un tabuco con honores desecretaría,
conteniendo un estante de pino con papeles y algunos librosde
cuentas, cuatro sillas ordinarias y una mesa con tapete
verde,cartapacio de badana y escribanía de azófar; un saloncillo
después conuna mesa larga con media docena de periódicos
encima y buen número desillas alrededor, un armariote entre dos
huecos de la pared con algunoslibros maltratados y varias
colecciones de la Gaceta, un reló de cajaen un testero, y en el de


