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Al Primer Vuelo

si perseveras en tusbuenos propósitos, no has de aburrirte un
minuto aquí, por muy recio quellegue a tronar, como Dios nos
dé salud... Ahora, y por de pronto, tengausted la bondad, señora
Catana, de ordenar que se nos sirva en seguiditael desayuno; y
con las fuerzas que nos dé y mientras le tomamos, o
desobremesa, haremos el plan de campaña para hoy, o para toda
la quincena,si nos conviene a ti y a mí. ¿No es cierto, Nieves?...
Pues andando paradentro. Pero aguardaos un poco y oídme la
última palabra, como ahora sedice: recorriendo con la vista la
inconmensurable extensión de estoshorizontes, y respirando el
ambiente, medio terral, medio salino, quellena todo el
panorama, y anima y engrandece el espectáculo de sustérminos
y detalles maravillosos, ¿no es verdad que se siente uno
comomás fuerte y más satisfecho? ¿que si se tienen penas se
olvidan? ¿que sile dominan a uno rencores los acalla? ¿que si
vacila entre lo cierto ylo falso, entre lo útil y lo pernicioso, entre
lo nimio y lo grande, sele revela de pronto, y como por milagro,
la verdad desnuda y clara? ¿queno nos asalta, en fin, una idea
que huela a innoble, ni un deseo que nosea honrado?
Respondedme con franqueza.
Se le respondió que sí inmediatamente; y satisfecho con la
respuesta,don Alejandro Bermúdez rompió la marcha hacia
dentro, diciendo a las dosmujeres, con el mayor entusiasmo,
como si nunca se lo hubiera dichohasta entonces:
—¡Si no tiene escape! Dadme vosotras un aire puro, y yo os
daré unasangre rica; dadme...
Cuando dijo la última palabra de esta conocida tesis, Nieves
estaba yasentada a la mesa del comedor, en espera del desayuno;
la rondeña, en lacocina para que acabara la cocinera de
prepararle, y abocando alpasadizo frontero, don Claudio Fuertes
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