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Al Primer Vuelo

Palabra por palabra, éste era el tema de muchas, de
muchísimasperoraciones, casi discursos, del menor de los
Bermúdez Peleches, delsolar de Peleches, término municipal de
Villavieja. Le daba por ahí,como a sus hermanos les había dado
por otros temas; como a su padre ledio por la manía de poner a
sus hijos grandes nombres, «por si algo seles pegaba».
Tres varones tuvo y una hembra. Se llamaron los varones
Héctor, Aquilesy Alejandro, y la hembra Lucrecia. Pero no le
salió por este lado albuen señor la cuenta muy galana que
digamos. Héctor, encanijado ypusilánime, no contó hora de
sosiego ni minuto sin quejido. Aquiles, nomucho más esponjado
que Héctor, despuntó por místico en cuanto tuvo usode razón, y
emprendió, pocos años después, la carrera eclesiástica.Lucrecia,
de mejor barro que sus dos hermanos mayores en lo tocante a
lofísico, al primer envite de un indiano de Villavieja, de esos
que sevan apenas venidos, dijo que sí; y con tal denuedo y tan
emperradotesón, que a pesar de ser el indiano mozo de pocas
creces, ínfimaprosapia y mezquino caudal, y a despecho de los
humos y de las iras delBermúdez padre, la Bermúdez hija se
dejó robar por el pretendiente, secasó con él a los pocos días, y
le siguió más tarde por esos mares deDios, afanosa de ver
mundo y resuelta a alentar a su marido en lahonrosa tarea de
«acabar de redondearse» en el mismo tabuco de Mechoacánen
que había dejado, trece meses antes, depositados los gérmenes
de unasoñada riqueza.
Alejandro, el Bermúdez nuestro, tuvo tanto de su homónimo,
el deMacedonia, como sus hermanos Héctor y Aquiles de los
dos famosos héroesde La Iliada; aunque, en honor de la verdad
y escrupulizando mucho lascosas, algo vino a sacar, ya que no
del insigne conquistador, de supadre, pues llegó a ser tuerto
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