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Al Primer Vuelo

RA de los últimos de julio, por más señas, y se había
acordado comer enel pinar, en un sitio de mucha sombra, suelo
alfombrado de oloroso ytupido césped, con fuente fresca y
abundante, y, a muy corta distanciade ella, unos detalles muy
pintorescos de rocas, jaramagos y troncosviejos que Nieves no
había visto nunca y le había ponderado mucho Leto.Éste tenía
varios apuntes de ello en su cartera, y se trataba de queNieves
tomara otros a su gusto. Con ese fin por pretexto, se dispuso
lapartida; y muy tempranito salieron de Peleches los
cuatroexpedicionarios: don Alejandro y su administrador,
armados de sendasescopetas para tirar a las tórtolas que se les
metieran por los cañones,y Nieves y Leto con los avíos de
dibujar. Nieves, como casi siempre queiba de campo o a la mar,
llevaba el pelo recogido en una sola trenzacaída sobre la
espalda, con un gran lazo en el extremo inferior; unsombrero de
paja de anchas alas y cinta del color del lazo del pelo; unvestido
liso y muy claro, guantes de seda, botinas de recia suela
ysombrilla de largo palo. Leto, que no tenía mucho en qué
escoger, vestíaun terno de dril ceniciento, recién planchado; y
con esto y unosborceguíes de becerro en blanco, un hongo claro
y una corbatita delunares bajo un cuello a la marinera, componía
bastante bien al ladode la esbelta sevillanita. Llevaba en una
mano la cartera de Nieves, yen la otra la tijerilla desarmada, de
Nieves también. Él no necesitabaesos utensilios para sus
trabajos de campo. Se construía el asiento conlo que hallaba a
sus alcances, lo mismo una piedra que un tronco... o elsanto
suelo en último caso.
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