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Al Primer Vuelo

y sutil que ponía de relieve formas, anchuras yredondeces jamás
notadas por él; con aquel mirar receloso por debajo delala del
sombrero, medio borgoñón, medio macareno, y aquel crujir
defaldas y asomar, rozando el borde de la fimbria, de unos pies
comoalmendras azucaradas, y aquel resbalar de la luz sobre las
ondas de suscabellos rubios... ¡canástoles! era muy otra cosa. En
todo aquello habíamucha más canela de la que se había él
figurado, y cabía más de otrotanto si se quería suponer. En
aquella cabecita graciosa se reflejabanpensamientos de cierta
especie, y en aquel cuerpo saleroso, latidos...¡y vaya usted a
saber! Pero, señor, ¿en dónde había tenido el ojo buenohasta
entonces? Porque aquello no podía ser la obra repentina,
elmilagro de algunos jirones de tela y unos cuantos cintajos de
más. No,¡canástoles! aquello allá estaba de por sí, más adentro o
más afuera;pero allá estaba... No tenía duda: para estimar una
estatua en todo sumerecido valor, había que verla colocada en su
pedestal. ¡Canástoles,canástoles, si daba que rumiar el caso, para
un hombre de los planes yde las ideas que él tenía en el meollo!
—Pues vamos andando, hija del alma—contestó, como
distraído, a lainsinuación de Nieves, sin dejar de mirarla con su
único ojo, muyabierto, ni de pensar lo que pensaba—. Te cae
bien, bien de verdad, elatalaje ese que te pones por primera
vez... ¡No, no, y llevar le llevascon una soltura!... ¡Canástoles
con la chiquilla!... A ver, a ver pordetrás... No te pares, no:
sigue, sigue andando... ¡Mejor que mejor!¡Canástoles con la
criatura de antes de ayer!... A la calle ahora... Esoes... así se
anda... como el sol y la luna... ¡Ajá!
Y la criatura aquella salía ya patio adelante entre la fuente y
losrosales de las macetas, que en aquel momento solemne la
saludaban, launa con sus rumores más blandos, y las otras con
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