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Al Primer Vuelo

Porque ocurrió también la feliz coincidencia de que apurado el
punto delas opiniones pictóricas de Nieves, salió de golpe y
porrazo don ClaudioFuertes diciéndola:
—En este mismo sitio y al oír a usted que le gustaban mucho
los paseosmarítimos, la prometí anteayer que no le faltarían
medios de satisfacerese gusto, si se empeñaba usted en ello.
—Y no he olvidado el compromiso—respondió Nieves—, ni
estoy dispuestaa perdonársele a usted.
—En hora buena—dijo don Claudio Fuertes; y luego añadió
volviéndose alhijo del boticario—: ¿lo ha oído usted, Leto?
—Sí que lo he oído—respondió Leto—. Pero ¿por qué es la
pregunta?
—Porque con usted va el cuento.
—¡Conmigo?...
—Sí, señor, con usted; porque cuando yo hice esa promesa a
Nieves,contaba con el balandro de usted, con la competencia
náutica de usted ycon la galantería de usted. Conque a ver si se
atreve a dejarnos malahora con esta señorita y con su señor
padre, que no tiene otro afán queel de complacerla.
Bien poco trabajo le costó a Leto mostrarse cortés y hasta
rumboso enaquel particular; porque precisamente el balandro,
sus condicionesmarineras, sus hechos y valentías, y las altas
prendas del generosoamigo que se le había regalado, eran los
temas de conversación que másle agradaban; los únicos acaso
con que se dejaba ir, hablando, hablando,al sosegado curso de
sus ideas, sin la menor protesta de aquel diablillopsicológico que
se lo echaba todo a perder cuando sus elogios o susjuicios
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