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Gatsby
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Don Claudio avanzó con sus acompañados hasta la mesa de
billar, y lesfue presentando, uno a uno, todos sus amigos
agrupados allí.
Cuando le tocó el turno a Leto, don Alejandro le dio un
fortísimoapretón de manos, y Nieves, mirándole con gran
interés, le aseguró quetenía grandísimo gusto en conocerle.
Leto, con la lengua trabada y lasmejillas ardiendo, pensó que le
daba algo.
—Hemos estado en la botica—le dijo Bermúdez—, donde he
tenido elplacer de abrazar a mi buen amigo don Adrián, y nos ha
habladolargamente de usted. Por eso, y por ser hijo de quien es,
nos alegramostanto de hallarle aquí. Además, yo le conocí a
usted así de chiquitín.¡Canástoles con el estirón que ha dado
desde entonces acá!
Hablando, hablando, se supo que el padre y la hija habían
salido dePeleches a las seis de la tarde y bajado por la
Costanilla. Habíanentrado en la Colegiata, donde Nieves,
después de rezar sus devociones,había visto cuanto era digno de
verse y la fue enseñando don Ventura,con su paciencia y
amabilidad acostumbradas. Después habían entrado enla botica.
Allí descansaron y hablaron largamente. Al disponerse parasalir,
llegó don Claudio que había ido a buscarlos a Peleches media
horaantes, creyendo hallarlos en casa todavía. Desde la botica, y
como ya elcalor no molestaba mucho, se fueron los tres hacia el
muelle, y luegopor la Campada... y por la Ceca y la Meca.
Viniendo ya cerca de laplaza, de vuelta para Peleches y muy
sediento don Alejandro, recomendoledon Claudio las limonadas
del Casino; y por eso y porque Nievesconociera el gran salón, de
tan buenos recuerdos para él, habían subido.

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