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Al Primer Vuelo

enfrente un calendario debajo de un grananuncio encuadrado de
los chocolates de Matías López, y dos quinqués,con reflectores
de latón, colgados del techo sobre la mesa. Todo aquelloera el
«gabinete de lectura». Frontero a él, es decir, en el otroextremo
del corredor y con luces a la plaza, el gran salón: la mejorpieza
del Casino; salón de tertulia, de tresillo, de billar y de café
almismo tiempo, y de baile cuando llegaba el caso. Entonces se
arrimaban ala pared las sillas de paja y las cuatro butacas
descoyuntadas ybisuntas que ordinariamente andaban de acá
para allá al capricho de losdesocupados; se amontonaban las
mesitas y los veladores en el cuartoobscuro ya conocido, y en la
leonera y otro cuarto más por el estilo,que había a su lado, o en
la cocina, y se convertía la mesa de billar enmesa de ambigú
vistosamente adornada, en la cual se destacaban y lucíanmucho
las pilas de azucarillos y las bebidas refrigerantes en lacristalería
de Periquet; se encendían las dos docenas de
velascorrespondientes a otras tantas palomillas de quita y pon
que había a lolargo de las paredes y en cada cara de los dos pies
derechos del medio;y con esto y unas colgaduras de tul de tres
colores en las puertas, yunas guirnaldas de flores contrahechas,
serpeando poste arriba en losdos mencionados, y con quemarse
allí unas pastillas del Serrallo, omedio real de alhucema,
resultaba el salón muy oriental y hastaespléndido, en opinión de
los más descontentadizos y exigentesvillavejanos.
La mesa de billar, por razón de la luz que necesitaban de día
losjugadores, estaba en una de las cabeceras del salón, cerca de
uno de lostres balcones que daban a la plaza. Los tresillistas, por
alejarse todolo posible del ruido que de ordinario se hacía en la
mesa y alrededor deella, entre jugadores, choque de bolas,
cántico del pinche, matraqueodel bombo, que era de hojalata, y
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