Un torrente de lágrimas salió de mis ojos al pronunciar estas palabras:un torrente de
lágrimas dulces, como son siempre las del agradecimiento.Después, más sereno y
animoso, senteme en el fatal banquillo, y seguícontemplando la ciudad, que empezaba
a romper las brumas que laenvolvían para recibir de nuevo las caricias del sol. Una
mano rudasujetó por un instante mi cabeza; un lienzo cubrió mis ojos; sentí
muchaapretura en la garganta, y... desperté.
El cuello de la camisa me estaba apretando de un modo extraordinario. Nohice más
que soltar el botón y quedé otra vez profundamente dormido.
PERIÓDICO CIENTÍFICO Y LITERARIO
No muchos días después de haber llegado a Madrid con el fin de seguir lacarrera de
leyes, fui invitado por uno de mis condiscípulos para entraren cierta Academia o
Ateneo escolar, donde algunos jóvenes estudiosos seadiestraban en el arte de la
elocuencia. Acepté con gusto la oferta;asistí algunos jueves a la sesión, y vencida la
timidez natural delprovinciano, llegué a intervenir en algún debate, si no con
éxitolisonjero, por lo menos con la tolerancia benévola de mis consocios.
A los tres o cuatro meses de instituida aquella sabia y nobilísimaSociedad,
comprendimos la urgencia de tener un órgano en la prensa, yresolvimos incontinenti
fundarlo. Había de ser semanal y titularse LaAbeja. Al efecto, vaciamos los bolsillos
en manos del presidente(director nato del periódico) y nos pusimos de todo en todo a
susórdenes. La redacción se constituyó en el mismo local del Ateneo, queera el cuarto
de estudio de uno de nuestros compañeros; una habitaciónaguardillada, donde los
sábados se aplanchaba la ropa de la casa, nopudiendo por lo mismo reunirnos en este
día.
Discutiose ampliamente el reglamento y se nombró administrador yredactor en jefe.
Yo quedé de simple redactor, pero encargado además deentenderme con el impresor y
corregir las segundas pruebas.
Al cabo de un mes de idas y venidas y no pocos trabajos, salió a luz LaAbeja, que
llevaba entre otros un artículo mío histórico acerca deFelipe II. Este artículo en que se
defendía la política del monarcaespañol y se vindicaba su nombre, consiguió llamar la
atención de lasfamilias de los redactores y me valió no pocas enhorabuenas.
