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Aguas Fuertes

de muchachos? Sin duda parasatisfacer cada cual los deseos de algún amigo;
compromisos personalesque no se pueden eludir; y sin embargo, esta tolerancia
produjo a lapostre funestos resultados. El cuarto destinado a redacción
yadministración no era tan ámplio que consintiese la permanencia en él detanta gente.
Desde por la mañana bien temprano comenzaban a entrarescritores: y como ninguno
salía, la consecuencia era que al poco ratoel local se atestaba y los redactores
zumbaban como verdaderas ygenuinas abejas en una colmena, se codeaban, se
estrujaban e impedían detodo punto la entrada de los compañeros que llegaban tarde.
Redactorhubo que en ocho días no logró poner los pies en la oficina.
¡Quién nos dijera que tan presto había de morir un periódico destinado aser
«vigoroso adalid de la ciencia y campeón infatigable de la culturapatria» (palabras
textuales del programa firmado por la redacción)!Estaba escrito, no obstante, que
pocos días antes de salir el cuartonúmero de La Abeja estallaría una furiosa borrasca
entre los campeonesinfatigables de la cultura patria. Las más grandes empresas, las
obrasmás altas y portentosas pueden venir al suelo por livianos motivos.Troya pereció
por los devaneos de un petimetre: La Abeja por unadisquisición histórica.
Había escrito yo un articulito vindicando la memoria de D. Pedro I deCastilla,
demostrando que el título de cruel con que le apodaban lamayor parte de los
historiadores no le cuadraba, y que mejor le venía elde justiciero. En asuntos
históricos me gustaba mucho defender a lospersonajes caídos: ya había hecho otro
tanto con Felipe II. Mas a uno delos redactores, que ejercía al propio tiempo el cargo
espinoso deexpedir volantes a los suscritores para el cobro de los recibos, no leagradó
esta defensa, y se autorizó el manifestar su opinión contraria.Al instante salté yo
henchido de erudición, relleno hasta la boca dedatos concluyentes: se entabló una
discusión animada.
El redactor disidente, a falta de datos, manifestó que era unatontería el ir contra la
opinión general: yo sostuve con serenidad quehabía muchas opiniones generales
erradas, y que una de ellas era ésta; yen apoyo de mi tesis, solté el chorro de la ciencia
que había adquiridotres días antes. El contrario repuso, que mientras los
grandeshistoriadores no lo autorizasen, consideraba una estupidez el sosteneridea tan
absurda: yo expuse con sangre fría y sonrisa impertinente, lasrazones que tenía para
opinar de esta manera. El partidario de lacrueldad de D. Pedro, viéndose acorralado,
no encontró mejor recursopara salir del paso que descargar un tremendo mojicón en la
fazinsolente del campeón de la justicia. Gran alboroto en la colmena:replico yo a mi
adversario con idénticos argumentos: los redactores sereparten en dos bandos, y se
entabla una batalla donde menudean lospuñetazos y coscorrones; ruedan las sillas,
caen las mesas, quiébranselos vidrios de algunos cuadros, y hasta hubo quien
apoderándose de lastijeras de recortar sueltos, formó círculo en torno suyo y esparció
elterror entre los contendientes.
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