Not a member?     Existing members login below:

Aguas Fuertes

¡Qué placer tan intenso experimentó aquel grupo de muchachos reunidos enel
cuarto aguardillado, cuando el mozo de la imprenta depositó en elsuelo un fardo de
Abejas! Fui comisionado para ir en busca devendedores. En menos de una hora reuní
treinta o cuarenta chicos en elportal de la casa; pero se negaron resueltamente a dar un
cuarto por elnuevo periódico. Después de vacilar mucho, ardiendo en deseos de
oírnospregonados por las calles, nos decidimos a darlo de balde, «aunque sólopor una
vez;» los chicos, tomando los puñados de ejemplares que yo lesrepartía embargado de
emoción, se echaron a correr gritando: «El primernúmero de La Abeja, periódico
científico y literario, a dos cuartos».
Seguíles para ver el efecto que causaba su aparición «en el estadio dela prensa» (así
se decía en el artículo de entrada). Corría como ungamo, aunque disimuladamente,
para no perderlos de vista. ¡Cómo mesaltaba el corazón! Los gritos de los muchachos
herían mis oídos condulzura inefable; las calles se mostraban más animadas que de
ordinario;los semblantes de los transeúntes parecían más alegres; el cielo estabamás
azul; el sol brillaba con más fuerza. Esperaba que la gente sedisputase los ejemplares
como pan bendito (¡el título era tanllamativo!). Pero nada; ni un solo transeúnte
detuvo el paso para decir:«¡Eh, chis, chis, venga La Abeja, muchacho!»
Los chicos corrían, corrían siempre gritando furiosamente, y yo losseguía jadeante:
la hoguera de mi entusiasmo se iba apagando a medidaque entraba en calor. Aquel
enjambre de Abejas científicas yliterarias que zumbaba por los sitios céntricos no
despertaba simpatíaen el público; al contrario, todos las huían, cual si temiesen que
lesclavasen el aguijón. En la calle de Carretas, un caballero gordo conbarba de cazo
compró un ejemplar. Me sentí enternecido; de buen grado lehubiese dado un abrazo;
no se me olvidó jamás la fisonomía de aquelhombre. Más tarde me acometió el deseo
vanidoso de distinguirme entremis compañeros: llamé a tres o cuatro muchachos que
me conocían porhaber recibido el periódico de mis manos, y les ordené que gritaran:
«Elprimer número de La Abeja, con la defensa de la política de Felipe IIen los Países
Bajos.» Contra lo que imaginaba, tampoco causó efecto elnuevo pregón: solamente
advertí que un grupo de jóvenes venía riendo ysoltando chistes groseros a propósito
de los Países Bajos, lo que meobligó a revocar la orden.
Lastimado por la frialdad del público, que no sabía a qué atribuir, nome acordé de ir
a almorzar: tan pronto la achacaba a la poca o ningunaafición que hay en España a la
literatura, como a la falta de anuncios:unas veces pensaba que en la primavera no es
conveniente fundarperiódicos; otras me entregaba a la superstición imaginando que
nodebimos comenzar a imprimir el nuestro en martes. Vi que mucha gentecompraba
una revista de toros y loterías, y esto me sugirió un sin finde amargas consideraciones.
Cansado, molido y triste me retiré a casadespués de vagar cuatro o cinco horas por las
calles: al pasar por laPuerta del Sol oí pregonar La Abeja a cuarto.—«¡Ah, tunante!—
gritéciego de cólera, sacudiendo a un chiquillo por el cuello—bien se conoceque a tí
Remove