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Aguas Fuertes

Llegamos, por último, a la vista del patíbulo situado en medio de unextenso campo.
Allí fue mucho mayor mi sorpresa. Ni en torno delpatíbulo, ni en toda la tierra que
alcanzaban los ojos, se veía tampocouna figura humana. Subí las escaleras del
tablado, deteniéndome a cadainstante para mirar alrededor, pues no acertaba a
comprender lo que eraaquello. El cielo presentaba un aspecto distinto. Su manto de
nubes eramás espeso; la vaporosa túnica de encaje había sido reemplazada por
unacortina gris que cerraba herméticamente toda la bóveda celeste; el solya no tenía
celosía por donde mirarnos. La llanura triste y oscura enque reposa Madrid, exhalaba
un vapor trasparente que concluía poraproximar la línea vaga y fina que cierra el
horizonte. Los objetosofrecíanse indecisos y temblorosos, como si hubieran perdido
suscontornos, y la luz se filtraba con trabajo por aquel cielo de algodónpara sumirse
luego en la tierra negra y húmeda. Respirábase en esteambiente espeso, que no hería
apenas ruido alguno, cierta calma: perouna calma que oprimía en vez de refrescar el
corazón.
Volví los ojos hacia la ciudad. La luz parecía que resbalaba sobre ellasin penetrarla;
sus mil torrecillas no tenían fuerza para romperenteramente la atmósfera opaca que
las envolvía. Mirando más y más,observé que lentamente iban elevándose desde su
seno hacia el firmamentoun número infinito de pequeñas columnas de humo, las
cuales alextenderse en el aire se abrazaban, y juntas subían a engrosar el yatupido
velo que ocultaba al sol. Aquellas columnas de humo me hicieronpensar en los
hogares que debajo de ellas había, y todo lo comprendí enun instante. En torno de
aquellos hogares humeantes moraban muchos seresque no habían tenido la curiosidad
perversa de bajar a la calle paraverme pasar, y que ahora tampoco rodeaban el
patíbulo para verme morir.Me sentí profundamente conmovido. La gratitud penetró
en mi corazón comouna luz del cielo, como un bálsamo dulcísimo, y perdí por
completo lospocos deseos que me ligaban a la vida. «Gracias pueblo de
Madrid,exclamé dirigiéndome a la ciudad: gracias, pueblo generoso y culto, porno
haber venido a gozar con el espectáculo de mi muerte ignominiosa.¡Qué hubieras
ganado presenciando la suprema agonía de un infeliz! Eneste angustioso y solemne
instante no has querido ennegrecer aún más misituación, con la vergüenza y el
oprobio. Tú naciste para algo más quepara ser ayudante del verdugo. Si hubieses
llegado hasta aquí, sihubieses contemplado con refinada crueldad mi vergonzosa
muerte, yo tejuro que al tornar a casa no serían tan serenas tus miradas como lo
sonahora, ni el beso de la hija o de la esposa te sabría tan dulce. Miagonía te hubiera
quitado el sosiego, te hubiera envenenado el alma poralgunas horas. Tú has sabido
vencer esa feroz y brutal curiosidad quepudiera impulsarte a presenciar mi muerte,
porque has adivinado quedegradándome a mí, te degradabas a tí mismo. Has sido
misericordioso yhumano, y has respetado tu propio corazón. ¡Gracias, noble
pueblo,gracias, y que el Dios de los cielos te pague tu buena obra!»
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