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Aguas Fuertes

caviloso, y por dos o tres veces, cuando ya creía ganarlo,me despertó un gran
estremecimiento parecido a la emoción que seexperimenta al tocar el botón de una
máquina eléctrica. Al fin me dormí.Así como lo temía, toda la noche soñé con
patíbulos y verdugos: mas nodejaron de ser bastante curiosos y significativos mis
sueños, por locual, aunque me cueste trabajo, voy a trasladarlos al papel.
Soñé que me achacaban un gran crimen, y que ponían en seguimiento de mispasos a
toda la policía de Madrid. Mis tretas para burlar supersecución, se redujeron a
echarme a correr por la puerta de SanVicente hacia fuera, metiéndome en los
lavaderos del Manzanares, dondeme creí perfectamente seguro de las asechanzas de
mis enemigos. Conefecto, estando allí muy tranquilo mirando correr el agua de jabón
yviendo a las lavanderas colgar sus ropas en los cordeles, dieron sobremí el presidente
del Consejo de Ministros, el de la Juventud Católica,el ministro de Fomento y el de
Gracia y Justicia, los cualesinmediatamente me amarraron y me condujeron a la
cárcel. El ministro deFomento propuso que se me llevara cogido por los pies y a la
rastra,pero el presidente de la Juventud Católica hizo observar que se me iba
aestropear la ropa, y fue desechada la proposición.
La cárcel era un edificio grande, sólido y austero, con un crecidonúmero de
balcones y ventanas, cosa que me sorprendió, a pesar de laturbación de ánimo en que
me hallaba, pues tenía la idea de que en lascárceles había poca ventilación. Me
encerraron en un calabozo circular,sin ventana ninguna: de suerte que me vi sumido
en la más completaoscuridad. Mas no se pasó mucho tiempo sin que se abriera la
puerta depar en par, y entrara por ella un carcelero con una bujía
encendidaanunciándome que pronto llegaría el juez y el escribano. Aparecieron alfin
estos dos varones, y fue extraordinaria mi sorpresa al encontrarmeenfrente de dos
señores que jugaban todas las tardes al billar conmigoen el café Suizo. Aparentaron
no conocerme, e inmediatamente se pusierona tomarme declaración, ofreciéndome
antes algunos merengues con objeto,según decían, de que tuviese la voz más clara. El
juez, que era de losdos el que mejor jugaba las carambolas de retroceso, después de
habermeobligado a confesar una porción de crímenes a cual más horroroso, hizoun
gesto muy expresivo a su compañero, llevándose la mano al cuello ysacando al
mismo tiempo la lengua. Yo tomé el gesto por donde másquemaba, y barrunté muy
mal del asunto.
A las dos horas poco más o menos, tornaron a abrir la puerta, y entró elescribano a
leerme la sentencia. No se me condenaba nada más que a moriren garrote vil, si bien
en atención a que jugaba con mucha seguridad losrecodos limpios, dejábase a mi
arbitrio señalar el día de la ejecución.Por un instante tuve el intento de aplazar
indefinidamente este día,juzgando que era muy joven para morir de modo tan
desastroso: mas prontorevoqué mi acuerdo por motivos de delicadeza, y pedí se me
ejecutara aldía siguiente. Hay que confesar que tengo un sueño muy digno.
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